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Días de cantina

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Lo que está a punto de leer puede que no lo crea, quizás piense que solamente es otra de tantas historias que suelen decirse basada en hechos reales, no los culpo, a veces se abusa de dicho slogan y resulta que terminamos leyendo historias muy fantasiosas pero por extraño que parezca, muy reales.

 

Después de dos o tres whiskys (quizás más) él decidió iniciar un viaje sin retorno por las calles de la ciudad, es un lugar difícil y sinceramente poco agradable para vivir, sin embargo no encontró un mejor trabajo, dejó la escuela a temprana edad y antes de que se convirtiera en un parasito en su casa su madre lo corrió, su padre tenía años de no vivir con ellos, decía que cuando lo viera le daría una paliza por haber sido tan cobarde, decía haber superado el hecho de haber crecido sin padre, pero siempre tenía que mencionarlo, era algún tipo de trauma o escudo psicológico, no lo sé.

 

Las personas que se abandonan a su suerte no suelen ser referencia de nada o de nadie, él no lo era, cada viernes era la misma historia, claro que a veces el desenlace era distinto, a veces terminaba en un bar, otras en la cárcel y cuando mejor le iba en la cama de algún motel con una chica que terminaba de conocer, no era una vida envidiable, sin embargo se sentía tan orgulloso de lo que hacía que cada viernes iba en busca de la aventura, el alcohol era un refugio o quizás el único compañero en su vida, por eso me pareció interesante contar esta historia y no cualquier otra.

 

- ¡Mesero! – Grito un día.
- ¡venga de inmediato!... sírvame otra copa
– Esta bien – respondí tímido pues quizás en un arranque de locura se le ocurría hacer un despilfarro en aquel lugar.

 

Esa era una charla normal con este tipo, de manera discreta y cada vez menos le iba sirviendo, “entre menos sirvas mas rinde” decía mi jefe cada vez que me llamaba a su oficina, es cierto, quizás por eso puedo echarme una o dos copas de lo que va sobrando, pero ese no es el punto, lo que importa es que no salgan tan ebrios, luego se quedan a dormir ahí y uno tiene que sacarlos. Soy culpable, pero prefiero serlo a tener que pagar algunas copas rotas. Claro que siempre habrá algún imprudente que después de ponerse necio y de mandar a la chingada a sus amigos quiera seguir tomando y termine quebrando todo, suele pasar, lo he visto muchas veces y no es nada alentador.

 

Un día, no recuerdo bien la fecha pero fue en abril llego ella al bar, desconsolada, llorando tanto que conmovió a todos los demás en aquel momento, digna y orgullosa, con mas orgullo que coherencia pedía mezcales para aliviar sus males, verla tomando su mezcal fue en un principio algo maravilloso, después se transformo en lo insano cuando a la altura del quinto mezcal pidió música de José Alfredo Jiménez, ¿Qué le habría pasado para venir con tal intención?

 

- quiere desaparecer al mundo – dijo mi oportuno amigo (el borracho del principio) y prosiguió – quiere borrar su memoria mientras aun la hace vibrar la música.

 

Oír poesía en un borracho no es común, tampoco que él la dijera, pero en ese momento su dolor (de ella) se había convertido en el dolor de todos.

 

Tráigame otro mezcal – dijo la chica y enseguida pensé en las palabras de mi jefe, “entre menos sirvas mas rinde y menos borrachos se van”, toda una filosofía de marketing que en la práctica no tiene más valor que el poder tomarte unas copas a escondidas. Le volví a servir y pude ver como en sus manos cargaba algo así como una carta, escondido bajo su bolso y su abrigo, fue difícil ver algo más pero fue lo suficiente para saber de qué se trataba – ¿todo bien? – le pregunte por cortesía aunque sabía que nada de lo que pudiera decir o hacer le haría sentirse mejor – Si – contesto al instante, me retire de ahí y deje dos caballitos de mezcal servidos – Cortesía de la casa – le dije antes de irme.

 

Al terminarse sus dos caballitos nuestra valiente amiga decide irse del lugar, en ese justo momento el bar volvió a ser lo mismo, los mismos borrachos que habíamos sido tocados por una especie de luz rara y exquisita,

 

Pobre – escuche decir de un borracho mientras terminaba de tomarse su copa, el mundo siguió su ritmo como siempre, todos excepto aquel amigo de las historias del viernes, él quedo muy pensativo, fumaba de su cigarro y dejaba que el humo jugara con su cabello, quizás pensaba en alguna forma elegante de morir, siempre hablaba de morir con dignidad, sus palabras eran “hay gente que no sabe ni qué hacer con su vida, porque les reprochan a aquellos que han decidido como morir…yo moriré alcohólico” decía cada vez que le preguntaba la razón de porque tomaba tanto, me parece que había leído algo sobre Baudelaire y creía que eso era una verdad que tenía que ser difundida, como palabra divina, “si el chucho dio a conocer su palabra, yo podría dar a conocer la mía, después de todo si me equivoco solo le daré más chamba…”

 

Su filosofía de vida era extraña, me pregunto si tendría familia, quizás nadie lo esperaba en casa y buscaba acá el refugio de la compañía, la soledad es la peor enemiga, nunca es bueno tenerla como tal, vuelve locos a los hombres y a la mujeres, por esa razón nunca me atreví a decirle nada, tenía miedo de terminar alguna vez como él.

 

Los días pasaron, el volvió cada vez al bar con más frecuencia, ella no se aparecía por aquel lugar, él esperaba verla, creía que si podía verla entendería algunas razones de su vida, ella fue un sueño para todos, un ángel surgido de la ignominia colectiva y el alcohol, aun así él tenía esperanzas en ella, no dejó de tomar, pero ahora lo hacía con más prudencia, quería estar listo para ella, para poder decirle algo sin que fuera un borracho más intentando ligar, - ella no volverá – dijo un día mientras se recargaba de la barra para pedir otro whisky.

 

Entendí que en verdad él pensaba tanto en ella que se puso hablar en voz alta, no sabía cómo fue que con verla solo un par de horas pensara tanto en ella, habían pasado ya algunos meses desde que la vimos, pero el tiempo acá dentro no pasa como allá afuera, “aquí se vive diferente, somos diferentes y el tiempo es diferente” era otra frase de un cliente bastante conocido del lugar, y así parecía, el tiempo allá adentro no se contaba en horas, minutos, días, el tiempo transcurría dependiendo de los tragos que hacías, bastante mal intencionado pero era así, quizás por eso siempre había alguien, unos más temprano que otros, otros más tarde que unos, pero todos compartiendo el tiempo de las sin horas.

 

Después de muchas noches, de lunas, de estrellas, de cielos nublados, una buena noche ella apareció, para deleite de muchos ella regresó, vestía un abrigo negro, un vestido café, en el cabello llevaba un adorno bastante llamativo, algo así como una mariposa plateada, cuando me acerque a ofrecerle la carta me llego un aroma fino, “chanel sensualle” fue lo que pensé, solo me pidió un vaso con agua, parecía como si no me recordara, tan rápido se le olvido que le había invitado un caballito, - enseguida se lo traigo – fue lo único que le dije, me retiré  pensando  en aquel aroma.

Masta Ci

Profesor, Psuedo escritor, Pseudo locutor, Peudo poeta, Pseudo músico... Integrante de ProyectoAmbulante.

En un rincón del mundo.

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