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La materia liberada

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Un grupo de amigos se encontraba reunido en la casa de siempre, hacían esto cada fin de semana. Se dedicaban a pensar cada quien por su lado sobre la posibilidad de cambiar el mundo, hasta que llegado el sábado se reunían para compartir opiniones y discutir. Era un grupo muy heterogéneo en donde convivían todo tipo de idiosincrasias y visiones del mundo. Esa vez, uno de ellos llegó con una idea totalmente nueva y bastante práctica; nadie, desde el origen de la especie humana, había concebido tal cosa.

 

La expuso a la concurrencia quedando todos asombrados y muy entusiasmados por el descubrimiento trascendental. Inmediatamente se pusieron de acuerdo para verse de lunes a viernes, trabajar en un proyecto para desarrollarla y llevarla a cabo; también determinaron que no la comunicarían a nadie hasta que el proyecto estuviera completo, para prevenir el riesgo de que este pensamiento terminara banalizado, y además evitar que fuera utilizado para fines contrarios a los previstos. Ambas, circunstancias que si bien no pueden evitarse, es posible que queden reducidas en una proporción muy pequeña y nada significativa. Y así estuvieron trabajando durante meses.

 

Sin embargo, no todos recibieron con entusiasmo la nueva idea. En realidad, el creyente sólo fingió aceptarla y apasionarse, fue el único que no se convenció, pero los demás no lo sabían. Así que trabajó y esperó para ver como desarrollaban esa idea hasta estar seguro de que realmente destruiría el orden prevaleciente, que según él, sólo requería que todo mundo se sometiera cabalmente a la autoridad terrenal para que la vida fuera más amable; y es que, además, tenía fe de que ocurriera algún milagro, pero cuando vio que el proyecto estaba terminado y la inminencia de su aplicación y arrastre social, decidió eliminar a sus amigos. De pronto se sintió elegido por dios para salvar las buenas creencias y aceptó con fatalidad y solemnidad esa ficticia misión.

 

Llegado el día en que se daban por culminados los trabajos y en que se comenzarían a repartir los tiempos y las tareas para darla a conocer con precisión al mundo entero y llevarla a buen término, el creyente se acomidió como en otras ocasiones a preparar el café para los demás; él no tomaba café porque consideraba que eso era un pecado, él sólo tomaba agua simple. En el agua para el café vertió un potente veneno y apartó su propia agua. Como siempre, todos tomaron y disfrutaron la bebida caliente y después de algunos minutos comenzaron a morir rápidamente.

 

El creyente quedó solo y acto seguido se entregó a destruir toda evidencia y documento de aquel pensamiento. Cuando hubo hecho esto, se dispuso a quemar la casa, pues su plan era tomar el veneno él mismo en medio de las llamas, puesto que si seguía con vida, esas ideas también lo estarían con él porque las conocía y cabía la posibilidad de que fueran sugeridas por su propio comportamiento en oposición a ellas. Pero antes de encender el fuego, recordó que el amigo que había descubierto y creado esas ideas, era el único que tenía documentos y archivos referentes al proyecto fuera del lugar de reunión, así que tomó unas llaves que estaban en los bolsillos del amigo creativo y se dirigió hacia la casa de éste.

El amigo vivía solo, sabía que no se iba a encontrar con nadie; se dedicó a buscar y a destruir toda evidencia, como cuadernos, documentos, archivos y la computadora que albergaba toda una base de datos sobre esa nueva visión del mundo. Prendió fuego a esa casa, pues en la disposición de los muebles y demás cosas, se adivinaba ya una visión del mundo totalmente distinta a la cotidiana; después, el creyente se encaminó hacia su propia casa por unos documentos falsos que el había inventado, conseguido esto, regresó inmediatamente a la casa de reunión. Ahí, distribuyó sus documentos de tal manera que algunos quedaran intactos, comenzó a encender la casa, se colocó entre sus amigos, tomó el veneno y murió. Todos quedaron totalmente calcinados.

 

Después de difundida la noticia e investigado los hechos, se dedujo por los documentos que el creyente había falsificado, que la desgracia se había debido a un suicidio colectivo de unos sectarios que profesaban ideas satánicas. Ninguna evidencia quedó de aquel pensamiento inusitado, jamás mente alguna volvió a concebir algo así, nunca se supo la verdad y el mundo nunca cambió. Las ideas dejaron de existir junto con ese grupo de locos.

Querétaro, Qro., viernes 8 de febrero de 2013

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