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Reencuentro inesperado

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Sucedió tiempo atrás luego de que Juan volviera de vender la cosecha de maíz, calabaza y cacahuate. Ese día, Juan se levantó más temprano que de costumbre, desató su burro y le colocó la carga que había preparado la noche anterior. Le esperaba un largo camino por recorrer. En el otro pueblo se pone una gran plaza donde converge gente de varias partes, unas a vender, otras a comprar. –Me voy mujer, te encargo mucho a mis viejitos- le dijo a su esposa, mientras se echaba sobre su espalda un costal de cacahuate. Salió del pueblo dejando atrás el ladrido de perros que se escuchaba cada vez más lejos. Ahora solo se oía el silbido de un frío vientecillo que rozaba su rostro moreno. De vez en cuando, el viento soplaba un poco más fuerte que tenía que sostenerse el sombrero para que éste no se lo llevara. Después de una hora y media de camino, se sentó a descansar un momento. En el horizonte se podía ver algunas pocas luces de algún pueblo que a la distancia parecían montoncitos de brazas ardiendo. Después de reposar un rato echo a andar de nuevo… Absorto en sus pensamientos no sintió que ya casi amanecía, alzó la vista y  a lo lejos, entre los cerros, aparecía el sol bañando los campos con su luz.

Después de caminar otro rato, arribó al pueblo y en seguida se dirigió al sitio donde se instalaba la plaza. Una vez ahí, busco un sitio donde pudiera descargar los costales de maíz, calabaza y cacahuate. El espacio se fue llenando rápidamente de comerciantes y marchantes del propio pueblo y de sus alrededores, reunidos esta vez para vender y adquirir lo necesario para la ofrenda a los difuntos, era pues, la plaza del día de muertos. El color de la borla, la jícama, la flor de muerto… El olor a tierra del cacahuate aún no tostado, a tejocote, a flor de cempasúchil, a copal, invadieron el lugar anunciando la llegada de los fieles difuntos.

La muchedumbre se abría paso entre vendedores de flores propias de la temporada, de las más variadas frutas, de marchantes que regateaban como se acostumbra a hacerlo en las plazas de los pueblos. El bullicio de la gente se mezclaba con el ruido que hacían las gallinas, los gallos y guajolotes que se ofrecían. En el trueque Juan adquirió utensilios de barro, fruta, pan y otras cosas que se necesitaba en el hogar.

Pasado el medio día, Juan pudo terminar su mercancía y bajo un sol apremiante, junto con otros mercaderes, tomó el camino que lo llevaría devuelta a casa. El aroma a chocolate, a chile tostado, a flores, se percibía claramente en las calles de aquel pueblo de cocinas humeantes, llenas de vida. Atrás quedó esa mezcolanza de olores que se impregnaba en los sentidos.  El paisaje era dominado ahora por campos de cultivo. La flor de muerto se podía ver por doquier perfumando el ambiente con su olor característico. El basto valle permitía ver a lo lejos el montículo de casas de los pueblos asentados en el lomerío que rodea aquel enorme llano. Con un cielo ausente de nubes, el sol estaba en todo su esplendor…La sombra de frondosos árboles a lo largo del camino brindaban sombra a los arrieros y refugio a aves canoras de diversas especies cuyos cantos, era lo único que se escuchaba. Poco a poco los arrieros tomaban alguna desviación que conducía a su comunidad y Juan se iba quedando solo. A una hora de su pueblo, se detuvo un momento, y a la sombra de un árbol admiró aquel paisaje que le transmitía una sensación de bienestar. Repentinamente sintió deseos de estar en casa, se imaginó saboreando esa comida que se acostumbra a cocinar exclusivamente para esos días. -Este día es especial… A esta hora uno debe ya estar en casa- se dijo y continúo su marcha.

No paso mucho tiempo cuando a la distancia notó que un gentío avanzaba en dirección contraria de donde venía él. El sonar de los cohetes de su pueblo se escuchaba a lo lejos. Conforme se acercaban, la algarabía de aquella muchedumbre se escuchaba con mayor claridad. Hombres y mujeres caminaban alegremente, algunos bailando, otros con botella en mano dando sorbos de aquel liquido embriagante. Todos sonrientes llevaban consigo cestas de carrizo llenas de frutas, pan, dulces…También llevaban ollas con comida. Algunos hasta saludaban a Juan. Casi al final del contingente, venían una pareja de ancianos un poco cabizbajos y de caminar lento. Juan se les quedó mirando fijamente pues sus rostros le eran familiares. Al acercarse más, frenó la marcha del burro sin apartar la vista de ellos, éstos se detuvieron frente a él al tiempo que levantaron la cabeza para mirarlo tiernamente por un breve lapso de tiempo. El silencio fue interrumpido cuando con voz serena y suave, el viejo le reprendió con mucha sutileza diciendo, -¡Que malo eres hijo…Mira nomas lo que nos pusiste…Cargar estos adobes nos cansa mucho…Nuestras manos están lastimadas por las espinas y aguates de los nopales que nos dejaste!...Juan, estupefacto, no pudo articular palabra alguna. Los cansados padres prosiguieron su largo caminar, mientras el muchacho los seguía con la mirada hasta que los perdió de vista. Contrariado por lo que le había pasado, con una expresión de extrañeza en su rostro, retomó su camino con la mirada perdida, fija en el horizonte.

Al llegar a casa, rápidamente se dirigió a la habitación donde acostumbraba poner la ofrenda a sus difuntos padres, muertos hace unos años. Su sorpresa fue muy grande al ver que en el altar se encontraban adobes y pencas de nopal espinoso que en su ausencia, la incrédula e irónica mujer puso como ofrenda.

En caminos donde el bullicio de la urbanidad aún no perturba la tranquilidad de los caminos, en esos días, días santos, quizás puedas tener la oportunidad de ver a estas ánimas cargadas de dádivas que sus familiares, muy alegremente y fieles a la tradición, les brindan año con año con la convicción de que Dios les da licencia para estar con nosotros en esas fechas.  

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