[Editorial Mensual Julio] Las resistencias que se vienen.

Pasado la efervescencia electoral –con sus promesas de cambios- se comienza a vislumbrar lo que será la nueva administración del Estado mexicano, nada alejado de lo que ha sido la vida democrática del país: un Estado que funciona a la par del Capital.

El discurso de los hombres que manejarán las instituciones ni siquiera deja ver paliativos para los progresistas (bajar precio de hidrocarburos, paz y justicia tras la guerra del narcotráfico, derogación de las reformas estructurales) sino por el contrario, anuncian un plan de desarrollo que va en contra de comunidades, de zonas naturales protegidas y de la vida.

La burguesía comienza a frotarse las manos ante el modelo de desarrollo planteado por la izquierda electoral: minería, zonas económicas especiales, refinerías, trenes de alta velocidad, el aeropuerto de la CDMX, etc.

Pero desde la clase explotada también se configuran nuevas resistencias, casi todas en defensa de los territorios y contra la explotación humana y de la naturaleza. No habrá negociaciones, por lo que la represión, la desaparición y el asesinato seguirán marcando a quien ostente el poder.

Las campanas al vuelo de los optimistas socialdemócratas deben cambiar pronto, no habrá felicidad mientras los siempre sufridos no arranquen de raíz el problema que aqueja a la sociedad: El capitalismo devastador.

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